Hoy día presentamos al compañero José Ramos Bosmediano, en el análisis y critica sobre el voto universal que ha lanzado el gobierno aprista en los gremios sindicales.
Es necesario aclarar que todo lo vertido en este artículo es exclusivamente la opinión del autor.
SOBRE LA
DEMOCRACIA SINDICAL Y EL VOTO UNIVERSAL
Por José Ramos Bosmediano, miembro
investigador de la Red Social para la Escuela Pública en América, ex Secretario
General del SUTEP.
En
la historia del movimiento sindical peruano, nunca como hoy se han puesto en
debate las formas de selección de los dirigentes sindicales, concentrando la
atención, casi exclusivamente, en las bondades del voto universal, directo y
secreto en todas las instancias orgánicas de los gremios.
Que
el SUTEP sea el gremio donde esta propuesta del voto universal se haya venido
planteando con significativa insistencia, sólo debe entenderse como un reflejo político de las pugnas que,
desde su fundación (1972), se han producido para disputar la hegemonía política
al Partido Comunista del Perú “Patria Roja” en su conducción y dirección.
Le
ha correspondido a Sendero Luminoso (SL) el patrimonio de la propuesta del voto
universal para la elección de los dirigentes en todos los escalones del SUTEP,
como garantía de la “democracia sindical” y para acabar –lo decían
abiertamente- con la hegemonía de “Patria Roja”. En este empeño se aliaban con todas las demás fuerzas de
izquierda, incluidos los “cristianos de izquierda”, para tomar la dirección del
sindicato. Sin embargo, cuando se trataba
de las bases donde SL mantenía su hegemonía en determinados momentos de la
historia del SUTEP, como Ayacucho, Piura, Abancay, no practicaban el bálsamo de
la democracia sindical, el voto universal, pese a que los estatutos del SUTEP
consideran el voto universal hasta las instancias provinciales que luego se
extendió a las instancias departamentales (hoy regionales) con determinados
requisitos para garantizar un proceso eleccionario libre de maniobras como las
que existen en la vida política del país.
EL SINDICALISMO CLASISTA Y LA ELECCIÓN
DE LOS DIRIGENTES
El
movimiento sindical es la fuerza organizada de los trabajadores en la sociedad
moderna para la defensa de sus derechos y la conquista de nuevas
reivindicaciones, frente a la existencia de contradicciones entre capitalistas
y asalariados, expresión moderna de la confrontación entre explotados y
explotadores, cuyos intereses son irreconciliables en el sistema
capitalista. Es la lucha de clases que
los ideólogos de la burguesía pretenden negar, hecho admitido desde antes de
que Marx y Engels hayan sistematizado la teoría científica de la lucha de
clases en la historia, sobre todo en la sociedad moderna, asignando a la clase
obrera el papel directriz en la lucha por un nuevo orden social a condición de
que ella se convierta de clase en sí a clase para sí, de clase potencialmente
revolucionaria a clase revolucionaria y dueña de su propia liberación,
transitando desde su lucha espontánea, económica, a la lucha revolucionaria por
la toma del poder. Para quienes el
mundo ha cambiado tanto que ya hace innecesario el enfoque de los problemas
sociales desde la óptica de la lucha de clases, no queda otro camino que
acogernos a la ideología burguesa de la conciliación de clases y esperar que el
desarrollo del capitalismo resuelva los problemas de los trabajadores y de la
humanidad, vía las leyes del libre mercado (Fukuyama y “el fin de la
historia”).
Desde
los siglos XVII y XVIII los asalariados de la Europa capitalista desarrollada
han enfrentado la explotación capitalista de distintas maneras, desde el
cartismo, pasando por el Ludismo y el mutualismo; desarrollando, en todo el
siglo XIX, luchas más organizadas bajo la influencia del anarquismo doctrinario
y el socialismo científico, dos vertientes del sindicalismo clasista, sobre
todo la ideología marxista en lo que se refiere a la teoría de la lucha de
clases como realidad incontrovertible.
Nadie
puede negar la coincidencia entre el desarrollo del socialismo como alternativa
al capitalismo, con todo su contenido ideológico y político en la disputa por
el poder, y el desarrollo del sindicalismo basado en la teoría de la lucha de
clases, el clasismo, con la presencia, en el seno de los sindicatos, de las
fuerzas de izquierda en todos los países, coincidencia que no puede entenderse
como una suerte de “manipulación” de los trabajadores por los comunistas o por
los anarquistas del siglo XIX y principios del siglo XX, sino como la tendencia
histórica de la clase obrera y del pueblo en general a la lucha contra el sistema
de explotación. Los socialistas no han
hecho sino dirigir esa tendencia hacia la lucha organizada y con perspectiva
liberadora.
Cuando
el socialismo y la clase obrera irrumpieron con mayor fuerza en la escena
política, tanto en los países de capitalismo avanzado como en los
subdesarrollados y colonizados por aquéllos, los capitalistas de EEUU, la
potencia capitalista más desarrollada y fuerte desde la culminación de la
Primera Guerra Mundial, influyeron en un sector de la clase obrera de ese país para
la creación de “organizaciones sindicales libres”, con la ideología de la
supuesta concertación entre el capital y el trabajo y la intervención del
Estado como “árbitro” supuestamente neutral.
Esta estrategia de copamiento de los sindicatos por el denominado
“sindicalismo libre” fue extendido hacia América Latina, creando “sindicatos
libres” en cada uno de los Estados, con escuelas sindicales de adoctrinamiento
para líderes sindicales apristas, como Julio Cruzado Zavala; y con el
desplazamiento de “embajadores sindicales” estadounidenses. Bajo esta conducción pro-patronal se fundó
la Confederación de Trabajadores del Perú bajo hegemonía aprista, con la colaboración de algunos dirigentes
comunistas de la década de los 40, debilitada que fue la Confederación General
de Trabajadores del Perú (CGTP) que creara el proletariado peruano con el
Amauta José Carlos Mariátegui en 1929.
Después de la Segunda Guerra Mundial, y coincidiendo con la
socialdemocracia europea, el sindicalismo “libre” se ha convertido en la
ideología de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales
Libres(CIOLS), que domina hoy el movimiento sindical mundial debido,
principalmente, a las debilidades
actuales del socialismo.
Después
de 1930, como lo señala Denis Sulmont en su historia del movimiento obrero en
el Perú, el APRA desarrolla su hegemonía con el apoyo del “sindicalismo libre”
estadounidense y ante el debilitamiento del clasismo que nos legara
Mariátegui. Sin desconocer el heroísmo
de la lucha obrera contra la vieja oligarquía peruana, contra las dictaduras de
los 30, 40 y 50, la dirección sindical aprista convirtió a los sindicatos en
instrumentos de su política de concertación con esa oligarquía (“convivencia”
lo llamaron en una época), traicionando los intereses de los trabajadores. Su desenmascaramiento ocurre, sobre todo,
en la década de los 60, década en la que el clasismo nuevamente asume la
dirección del movimiento sindical peruano, coincidente, además, con lo que
ocurrió en casi toda América Latina, con excepción de México y Venezuela,
países en los que la política del PRI y de la socialdemocracia,
respectivamente, convirtieron a los sindicatos en apéndices de la derecha y de
los capitalistas de esos países.
La
dirección clasista del movimiento sindical peruano, si bien empieza a
perfilarse en la década de los 60, década de crisis del sindicalismo “libre” de
la CTP, se desarrolla con fuerza en la década de los 70, con un debilitamiento
durante la segunda mitad de los 80 e ingresando a su crisis durante la década
de los 90, enfrentando las políticas antisindicales del neoliberalismo que
pretende destruir a todo el movimiento sindical, pues para los capitalistas
neoliberales los sindicatos son un obstáculo para la productividad y la
competitividad en el marco del libre mercado.
En
toda la historia de las luchas sindicales en el Perú la selección de los
dirigentes se ha realizado a través de la representación de los delegados
elegidos desde las bases sindicales (centros mineros, escuelas, centros de
producción cañera, fábricas y secciones de fábrica, etc., según la rama de la
producción y/o de servicios). Han sido
los eventos orgánicos en cada escalón de dirección los que han elegido a los
dirigentes. Las más heroicas luchas de
los trabajadores, muchas de ellas con éxito, han sido conducidas por dirigentes
elegidos orgánicamente y no por voto universal, salvo el voto emitido en cada
base, que siempre es universal, desde donde los dirigentes, según su capacidad,
consecuencia y honestidad, son promovidos a instancias superiores de dirección. Los propagandistas del voto universal
consideran a esta forma de selección como “mangoneo” o “manipulación”,
menospreciando la capacidad de los trabajadores para seleccionar y elegir a sus
dirigentes. Más bien el voto universal
podría prestarse a la manipulación a través de los métodos que utiliza la
democracia burguesa formal para orientar el voto hacia una determinada lista,
con la presencia subterránea, incluso, de las fuerzas políticas de la derecha
que pretenden dirigencias sindicales amarillas para que no peligren sus
intereses de clase en las relaciones laborales.
Los
que propugnan el voto universal desde el lado de la derecha mistifican esta
forma eleccionaria como sinónima de democracia, sin especificar qué tipo de
democracia se esconde, año tras año, década tras década, en el voto
universal. En el fondo, lo de la
derecha tiene razón con su propuesta, pues para ella la única democracia
existente es la burguesa, muy formal en nuestro caso. El uso político del voto universal en nuestro caso no tiene nada
que ver con la democracia del pueblo que buscamos conquistar para construir un
país diferente.
La
mistificación del voto universal es, sin embargo, poco comprensible y nada
justificable en personas y grupos que se consideran progresistas y hasta
izquierdistas. Su insistencia no tiene
motivaciones objetivas. Incluso carecen
de autoridad política, porque de política se trata, para plantear su
alternativa para “superar la crisis del sindicalismo peruano” y “fortalecer los
gremios”, pues jamás se han interesado, como hoy aparentan hacerlo, de la
situación de los trabajadores, ni han tenido experiencia sindical, aunque sí
han tenido y tienen experiencia política de contenido liberal. Su ideología socialdemócrata les lleva a
plantear la lucha obrera en los límites que establece la democracia burguesa,
emparentados como están con la teoría del contrato social y el “nuevo pacto
social” de los viejos ideólogos de la Revolución Francesa en el siglo
XVIII. No ven más allá del voto
universal que practica el democratismo burgués, ese juego demagógico que hoy se
mueve con la fuerza del dinero para orientar el voto de los ciudadanos, de esas
muchedumbres atolondradas y confundidas que votan hasta dos veces cada cinco
años para que su futuro sea cada vez más incierto, pero también para que los
“demócratas” aumenten su poder económico y político cada vez más. Tal es la
sacrosanta democracia que se pretende endilgar a los trabajadores
Por
nuestra experiencia en la lucha sindical, la forma más adecuada para la
democracia sindical ha sido la selección de cuadros usando las instancias
orgánicas de los gremios, con la percepción más directa e inmediata de la
calidad de los delegados y dirigentes: su entrega a la lucha, su capacidad, su
combatividad y consecuencia, su honestidad.
¿Que pueden haber equivocaciones y que estas se han producido en algunos
casos? Claro que sí, pero sin afectar
la conducción en su conjunto.
LA PROPUESTA APRISTA DEL VOTO UNIVERSAL
El
gobierno aprista ha propuesto el voto universal como una obligación para los
sindicatos con dos propósitos muy claros:
establecer límites a los sindicatos para la adopción de sus acuerdos y
tratar de copar su dirección.
1.
Ya tenemos antecedentes
de lo primero, cuando en la década de los 70 el hoy “demócrata” y miembro del
“Acuerdo Nacional”, Francisco Morales Bermúdez, quiso imponer condiciones,
desde el poder del Estado, para que los gremios elijan a sus dirigentes y tomen
acuerdos para la realización de sus medidas de lucha, vulnerando el Convenio 87
de la OIT sobre el derecho de organización y libertad sindicales. El gobierno aprista, el Partido Aprista
Peruano como tal, ha asumido el programa neoliberal en toda su dimensión, como
la necesaria plasmación de lo que Toledo no pudo hacer avanzar lo suficiente,
aquello que Fujimori dejó inconcluso: esas reformas de “segunda generación” de
la que hablan tanto los neoliberales al servicio de las transnacionales. Ya ha empezado con los puertos y
aeropuertos, el agua potable, la municipalización de la educación, con
proyecciones hacia los bosques y lo que queda de PETROPERU. No está dispuesto a renegociar la deuda
externa ni a revisar los contratos con las mineras; sólo “renegociar” para ver
si éstas abren algo más la mano para “obsequiar” al Estado peruano un poquito
más de sus inmensas ganancias. Está
claro que a partir del 2007 las luchas de los trabajadores ingresarán a un
nuevo flujo, incluso a un proceso de organización sindical en aquellos sectores
que fueron debilitados y casi destruidos por el neoliberalismo de los 90, como
es el caso de los empleados bancarios, del gran comercio monopolizado por
decenas de tiendas de capital extranjero, del proletariado cañero y minero
explotados por capitalistas de afuera, por los empleados públicos cuyos
derechos siguen vulnerados, etc. El gobierno aprista, y con él los
capitalistas, buscan curarse en salud condicionando la legalidad de los
sindicatos y de sus luchas.
2.
Pero el PAP, al tiempo
que pretende maniatar a los sindicatos, busca también el copamiento de su
dirección. El voto universal es la
única manera de procurar ese objetivo, pues con una maquinaria electoral que
despliega en todos los procesos, podría orientar el voto hacia posiciones
sindicales pro-patronales. La preguntita
de “por qué tienen miedo a las elecciones universales” constituye un recurso
sofístico para “arrinconar” a las direcciones actuales de los sindicatos, como
si se tratara, en el fondo, de un problema de miedo a las formas burguesas de
elección. Para nosotros es un problema
de contenido de la democracia sindical.
Qué se defiende es lo principal.
Los trabajadores decidimos cómo nos organizamos y cómo luchamos
ejerciendo adaecuadamente la lucha sindical para no caer en el extremo del
sindicalismo revolucionario o en su opuesto, en el sindicalismo “libre” de
esencia reaccionaria y antiobrera. El
PAP carece de representación sindical en el seno de los trabajadores. Su CTP es un fantasma desde hace más de tres
décadas. Necesita más adeptos para
convertir a los gremios en colchones de su política económica neoliberal, así
como Velasco pretendió engullirse a todo el proletariado creando su Central de
Trabajadores de la Revolución Peruana
(CTRP) y su Confederación Nacional Agraria (CNA) para controlar el movimiento
campesino, o el Sindicato de Educadores de la Revolución Peruana (SERP) para
destruir el SUTEP. He aquí el
significado de la maniobra aprista con su voto universal.
Claro
que el gobierno aprista tiene dos factores importantes a su favor. Uno de ellos constituye la persistente
propaganda del voto universal para desalojar a “Patria Roja” del SUTEP, pues el
mismo Boloña abrigaba, en 1992, la destrucción del SUTEP porque era un
obstáculo para la reforma educativa (léase neoliberal de privatización de la
educación y de eliminación de los derechos de los maestros). Hay un terreno algo labrado para la
imposición del voto universal en los sindicatos con fines protervos, terreno
preparado por fuerzas y voces supuestamente izquierdistas en el propio movimiento
magisterial, incluyendo a quienes, presionados por la ideología neoliberal, han
venido planteando la “democratización” del SUTEP y de la Derrama Magisterial.
¡Qué más quiere el gobierno aprista cuando el terreno está abonado!
El
otro factor es el avance del voto universal en los partidos políticos como un
mecanismo para su “democratización”, su “legitimación” y su “credibilidad” ante
el pueblo. “Un militante un voto”, como
panacea para reconstruir a los partidos políticos, a tal punto que el Estado, a
través de la ONPE, ha penetrado la vida interna de los partidos demostrando,
precisamente, que los dirigentes y militantes son totalmente incapaces para
dirigirse a sí mismos. ¿Se ha
recuperado la vida partidaria? ¿No es
cierto, acaso, que los partidos deben acudir a las alianzas más repugnantes y a
las maniobras más antidemocráticas para participar, cogidos de cualquier
salvavidas, en los procesos electorales?
Esta intromisión del Estado en la vida interna de los partidos políticos
sólo pudo haberse consumado, y no solamente en el Perú, en el marco de la
crisis general de la democracia burguesa, tratando de hacer creíble el
armatoste de dominación que pesa sobre el pueblo.
UN PLANFLETILLO Y DOS ARTÍCULOS
Nos
llega por el Internet un pequeño panfleto firmado por el “embajador” de Sendero
Luminoso en Europa, Arce Borja, sobre el corporativismo del APRA. Nada importante en el panfleto si es que
este señor no se refiriera al voto universal, criticando al gobierno aprista
por su propuesta de injerencia del Estado en la vida interna de los
sindicatos. Si nos ocupamos del
panfleto es porque Arce Borja pretende engañar a los que no conocen o no
recuerdan la historia de las propuestas senderistas sobre la necesidad del voto
universal en los gremios que no dirigían, pero no en los que en algún tiempo
dirigieron y luego decapitaron a base de huelgas indefinidas que no tenían
cuando concluir porque así servían a la “guerra popular”. Su hipocresía llega a tanto que critica al
APRA porque busca copar los sindicatos mediante el voto universal como si SL no
hubiera promovido esa forma de elección en el SUTEP para lo mismo.
Por
su parte, y con un lenguaje más atractivo como ecléctico, el señor Mirko Lauer,
poeta y crítico de la cultura metido a comentarista político, sale con su
petición de principio “Por un
sindicalismo moderno” (La República, 27.09.2006, OBSERVADOR, p. 6). Ponderativo y petulante en cosas que nunca
ha practicado, apristoide con poses de “intelectual independiente”, sale
diciendo que el debilitamiento de los sindicatos se debe a “la poca vigencia del voto universal en ellos”. Este señor ignora que son pocos sindicatos
en el mundo que practican el voto universal.
El debilitamiento o la crisis del movimiento sindical mundial se debe a
otras razones, fundamentalmente a la brutal ofensiva neoliberal que ha dejado a
la mayoría de trabajadores con simples contratos que impiden su afiliación y
dificultan, más aún, su lucha. Según
Lauer, los trabajadores se afiliarían inmediatamente si se les ofreciera voto
universal. Con su sentimiento de
periodista bien pagado acusa que los dirigentes se oponen al voto universal
porque “entienden como intentos de
interrumpir sus generalmente largas carreras en la dirigencia”. Apostamos que Lauer no tiene ni un día de dirigente
como trabajador de La República, pero pretende ser maestro en sindicalismo para
los demás. En el sindicalismo, como en
la política, los líderes perduran el tiempo que los dirigidos están en
condiciones de reelegirlos. Según el
criterio de Lauer, los trabajadores deben elegir guiados sólo por la juventud
de los cuadros sindicales, lo que favorecería a los dueños y ejecutivos del
capital o a los gobernantes de turno frente a dirigentes sin mayor experiencia
de lucha. La “sangre nueva y renovación”
para una “dinámica más democrática” en los sindicatos, señor Lauer, no dependió
nunca de la forma de elección por voto universal, pues no se la practicó. Si se llegase a practicarla, no valdría más
que la selección orgánica y directa de los delegados y dirigentes y, tampoco,
ayudaría “a poner más dinero de las
utilidades en los bolsillos del trabajador”, pues el aumento de los
salarios obedece a otras variables que los capitalistas manejan a su
antojo. Para recordar, citamos el caso
de la entonces FEB (1968-1992), cuyos dirigentes de Centros Federados,
Seccionales Regionales y Junta Directiva Nacional eran elegidos en eventos
orgánicos, y eran los trabajadores mejor pagados de su tiempo porque cuando
realizaban un paro de solo 2 horas hacían perder a los banqueros y al propio
Estado millones de soles en cada hora de paralización.
Don
Alberto Adrianzén (Sindicalismo y
democracia ciudadana”, La República, 30.09.2006, p. 17) empieza afirmando
que “Nadie que tenga un mínimo sentido
democrático puede dudar de la necesidad de elecciones universales, secretas y
directas para elegir a los dirigentes de las centrales sindicales”, citando como ejemplo lo que ocurrió durante
el gobierno de Salvador Allende. Pero
también ocurrió lo mismo cuando Pinochet obligó a los maestros elegir a los
dirigentes del impuesto, por el mismo Pinochet, Colegio de Profesores de
Chile. Lo más importante del movimiento
sindical de Chile y Argentina fue la cohesión y la unidad de los trabajadores
en las bases sindicales, fundamentos de la fuerza de todo gremio. Con su afirmación casi apodíctica, Adrianzén
pretende quitarnos el “más mínimo” sentimiento democrático al no comulgar con
su mito del voto universal. Que el
sindicalismo peruano requiere de una reforma profunda, nadie duda, y este
planteamiento lo han venido haciendo los propios trabajadores al proponer la
reorientación programática del movimiento sindical peruano desde la década del
80, entendida como superación del economicismo que conduce al aislamiento
de los trabajadores de la lucha
política, encerrándose en la pura lucha por el salario. ¡Modernizar los sindicatos con el voto
universal! Pero qué se entiende por
modernizar los sindicatos. El señor
Adrianzén no hace más que apelar al voto universal, como decir que la modernización
de las sociedades actuales estaría supeditada al ejercicio del voto universal
que tanto se pregona. Felizmente el
señor Adrianzén pone el paraguas debajo de la lluvia cuando afirma que la
crisis del sindicalismo y sus causas no están en la ausencia del voto universal. Pero si las causas de la crisis son
otras, ¿por qué ponderar el voto
universal y ponerlo a la altura de un apotegma? Para ocultar su oposición velada al sindicalismo clasista,
Adrianzén propone un sindicalismo ciudadano, otro galimatías para definir que
los trabajadores, además de trabajadores, deben ser ciudadanos, o
trabajadores-ciudadanos, y los sociólogos, como el señor Adrianzén, deben ser
sociólogos-ciudadanos, o algo así. Pero
lo más grave es que el sindicalismo ciudadano nos permitirá “modernizar el mundo del trabajo e, incluso,
el empresarial”. El mundo empresarial
capitalista, señor Adrianzén, tiene sus intereses, sus formas, cu contenido; el
mundo del trabajo, los trabajadores, también tienen sus propios intereses.
CONCLUSIONES Y ALTERNATIVAS
La
selección orgánica y el voto universal son formas de elegir dirigentes. En el caso de los sindicatos, corresponde a
los trabajadores aplicar una de ellas, o las dos formas a la vez. No se es más ni menos democrático por aplicar una u otra forma. La democracia sindical traspasa el lindero
de las formas eleccionarias. La
democracia tiene su base en el contenido de la lucha, por qué se lucha, qué
intereses se defiende. Las formas
eleccionarias son medios que pueden ayudar a plasmar las decisiones previamente
discutidas. Si no hay discusión, no hay democracia.
Resulta
que quienes más insisten con el voto universal jamás lo ejercieron en las
organizaciones sindicales que sus organizaciones políticas han influido o
conducido, como en el caso de la CCP o en el de la CTP. ¿Recién se acuerdan del voto universal como
garantía de democracia sindical?
La
propuesta del gobierno aprista no se basa en una concepción democrática de la
dirección de los sindicatos, sino en sus objetivos políticos de debilitar estas
organizaciones para seguir imponiendo el programa económico y social
neoliberal, en primer lugar; en segundo lugar, para tratar de copar las
organizaciones sindicales vía el manejo del voto universal. Nuestro rechazo a la propuesta aprista no se
basa en el temor de perder “carreras dirigenciales”, sino en la defensa del
fuero sindical que pretende ser vulnerado a través de la injerencia del Estado
en la vida interna de los sindicatos.
Hay
una legislación internacional que defiende el derecho de organización sindical,
bajo la autoridad de la OIT, que tiene categoría constitucional para todos los
países firmantes. Hay que rechazar el intento del gobierno aprista de vulnerar
dicha legislación, como lo pretendió hacer el fujimorismo. Distinguidos
laboralistas, a quienes no se les puede acusar de izquierdistas, han sentado su
posición contraria a la propuesta aprista.
Los
problemas básicos del sindicalismo peruano se definen por el fuerte
economicismo, el espontaneísmo y el burocratismo. La solución de estos problemas tiene que ver con la lucha
programática de los trabajadores, la aplicación de métodos adecuados de
dirección, sobre todo la línea de masas y el análisis objetivo de la realidad
para la conducción de la lucha. Sólo
así se podrá garantizar la independencia política de los sindicatos, el
centralismo democrático, el carácter de frente único del sindicato, que son
algunos de los principios del sindicalismo clasista.
No
hay por qué apelar a la analogía con el modo de elección que ejercitan los
empresarios. La defensa de los
intereses capitalistas no es un modelo para los trabajadores por cuanto estos
no orientan su lucha hacia la acumulación de riqueza para explotar a otros. Los capitalistas no sólo tienen sus organizaciones
gremiales, sino su dinero y un Estado que les garantiza la defensa de sus
privilegios de clase frente a las demandas y la lucha de los trabajadores.
Algunas
alternativas que hay que llevar a las masas trabajadoras son:
a)
El desarrollo de la
democracia sindical desde las bases de los sindicatos;
b)
Promover debates sobre
métodos y estilos de dirección en los sindicatos;
c)
Educación sindical sobre
la historia y la doctrina del sindicalismo, clasista y “libre”, a efecto de
esclarecer a los trabajadores, sobre todo a la juventud trabajadora que aún no
se ha incorporado al movimiento sindical;
d)
Discusión y
esclarecimiento sobre la democracia y la democracia sindical en particular;
e)
Desarrollar escuelas de
formación político-sindical tomando como ejes los problemas del Perú actual;
f)
Organizar a los
trabajadores sindicalmente e impulsar la lucha por sus derechos económicos,
sociales y laborales.
g)
Levantar como una de las
más importantes banderas reivindicativas la promulgación de un Código de
Trabajo que incluya todos los derechos generales de los trabajadores, empezando
por la estabilidad laboral y no el capricho de los empresarios y sus defensores
que pretenden seguir legalizando el despido arbitrario de aquéllos.
Octubre del 2006